Por: MANUEL RAMOS
Cabe
preguntarse el por qué de la enorme proliferación del ateísmo en la sociedad
occidental de este siglo XXI. Esta pérdida que nos ha llevado el abandono de
las normas básicas sobre la ética y la moral, y que nos ha conducido sin
remisión hacia el nihilismo donde todo vale y no existen consecuencias para
nuestros actos.
Las
dos razones principales desde mi punto
de vista, son claras y diferenciadas, pero no menos importantes tanto histórica
como culturalmente.
La
primera, de carácter histórico debido al tiempo transcurrido, se debe a la
religión católica, cuya “representante de Dios en la tierra” es el Papa de Roma
y que ha trazado con sus bulas, concilios y actos, el destino de millones de
creyentes a lo largo de los siglos.
En
un principio, tras la crucifixión y posterior resurrección de Jesús, se marca
la verdadera diferencia con las demás religiones, que no hacen más que marcar
pautas o principios de conducta para llegar a un cielo prometido (llámese
Walhalla para los Vikingos; Nirvana para los budistas; Yanna para los
musulmanes…)
Sin
embargo, el cristianismo a través de sus enseñanzas y complementados con los
conocimientos adquiridos a través de la Alquinatura, nos permite un camino
espiritual para equilibrar cuerpo, mente y espíritu, conociendo los principios
del Tao que rigen el universo y acercándonos a una evolución del individuo respetando las leyes
naturales.
Los
comienzos del cristianismo, donde las comunas o comunidades eran la forma de
transmitir los conocimientos, vivir en equidad y en paz con Dios, eran la forma ideal de
transmitir primero, el mensaje de Jesús y más tarde, de organizar una sociedad
donde la importancia del dinero, los egos, el sexo sin control o la guerra,
hubiesen sido erradicados de raíz. Pero el hombre, que en su desequilibriose ha
vuelto malo por naturaleza, tal vez ayudado o conducido por “algunas fuerzas
oscuras”, nos llevaron a romper con la justicia espiritual y poner el hombre
por encima de Dios. El hombre sin sentido…
Uno
de los puntos más álgidos de esta involución fue cuando el emperador romano
Constantino, asumió el cristianismo como religión oficial. La corrupción y la
idolatría desvirtuaron el mensaje de Dios convirtiendo el cristianismo en
catolicismo. A partir de aquí, todo valía para los intereses de los poderosos
príncipes de la iglesia.